¿Cuántas mamás hemos escuchado o dicho algo como: "Hoy mi hijo sobrevivió de aire y un plátano"?
De hecho, en redes sociales se hicieron muy populares los videos donde los papás muestran todo lo que comieron sus hijos en un día, y muchas veces pareciera que comieron poquísimo. Es normal que eso preocupe e incluso resulte alarmante.
Pero aquí viene la parte importante: en la mayoría de los casos, esto es completamente normal.
Uno de los estudios más citados sobre alimentación infantil explica que entre los 2 y los 5 años la velocidad de crecimiento disminuye de forma natural. Al crecer más despacio, también disminuyen sus necesidades de energía y, por lo tanto, es normal que tengan menos apetito.
De hecho, el estudio señala que:
"Durante este periodo, la mayoría de los niños pequeños experimentan una disminución del apetito."
Por eso, muchos padres sienten que su hijo "ya no come", cuando en realidad su apetito simplemente se está ajustando a lo que su cuerpo necesita en esta etapa.
Además, se estima que entre el 25 % y el 35 % de los niños pequeños y preescolares son descritos por sus padres como "malos comedores" o "comedores selectivos". Sin embargo, la mayoría de estos niños tienen un apetito completamente normal para su edad y presentan un crecimiento adecuado.
También es importante recordar que los niños no comen igual en todas las comidas. Es completamente normal que un día apenas prueben el desayuno y en la comida tengan mucho apetito, o que hoy coman muy poco y mañana parezca que comen el doble.
Aunque a nosotros nos parezca que "no comieron nada", el consumo total de energía a lo largo del día —e incluso de varios días— suele mantenerse bastante constante.
Como papás, es lógico pensar: "Si no está comiendo, tengo que insistir para que coma más." Sin embargo, la evidencia muestra que presionar, obligar o insistir constantemente suele producir el efecto contrario: aumenta el rechazo hacia los alimentos y hace que la hora de la comida sea una experiencia negativa.
Otro aspecto muy frecuente es la neofobia alimentaria, que es el rechazo a probar alimentos nuevos. Es una etapa normal del desarrollo. La buena noticia es que la mayoría de los niños termina aceptando esos alimentos cuando se les ofrecen repetidamente, en un ambiente tranquilo y sin presión.
También hay hábitos que pueden disminuir el apetito de forma importante. Por ejemplo, consumir con frecuencia:
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grandes cantidades de leche,
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jugos,
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bebidas azucaradas,
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dulces,
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o estar "picando" comida durante todo el día.
Cuando un niño llega lleno a la comida principal, es mucho más probable que coma poco. En algunos casos, este patrón puede incluso afectar su crecimiento y la calidad de su alimentación.
La mejor estrategia suele ser mucho más sencilla: ofrecer horarios regulares de comida, presentar una variedad de alimentos, evitar la presión para comer y confiar en la capacidad que tienen los niños para regular su apetito.
Porque sí, habrá días en los que parecerá que sobrevivieron el aire y un plátano… y otros en los que sentirás que se ha acabado todo el refrigerador. Y, en la mayoría de los casos, ambas situaciones forman parte del desarrollo normal.

